Milton Olivo

El macrotema municipal, contado como historia: una vecina, un alcalde y diez fichas sobre la mesa. Milton Olivo narra en esta opinión por qué exigir y cuidar van de la mano.

Por Milton Olivo

El lunes en que doña Mercedes llegó a la alcaldía, llevaba tres reclamos escritos en una hoja: la basura de su calle, el parque sin luces y los filtrantes que se tapaban cada vez que llovía.

—Y hoy no me voy sin una respuesta —le anunció al vigilante.

En la sala de espera encontró a un entrenador que pedía ayuda para un torneo, una profesora que necesitaba materiales para sus clases de pintura y varios vecinos reclamando la reparación de una acera.

—Todos venimos a lo mismo —dijo Mercedes—. A que esta gente trabaje.

Cuando entraron al salón, el alcalde estaba reunido con la encargada de presupuesto. Sobre la mesa había facturas, solicitudes y una calculadora.

El alcalde invitó a los presentes a sentarse.

—Quiero que hoy veamos juntos lo que está pasando.

Doña Mercedes puso su hoja frente a él.

—En mi barrio no necesitamos más explicaciones. Necesitamos soluciones.

—Vamos a hablar de ellas —respondió el alcalde.

La encargada de presupuesto colocó diez fichas sobre la mesa.

—Imaginen que estas diez representan los recursos que deberían llegar conforme a la asignación legal.

Apartó ocho y dejó dos.

—Ahora imaginen que debemos atender las necesidades con algo cercano a esto. Es un ejemplo para explicar la diferencia; las cuentas reales están aquí, disponibles para ustedes.

El entrenador se inclinó hacia delante.

—¿Y de ahí sale todo?

La mujer abrió una relación de gastos.

—De los ingresos municipales tenemos que pagar personal, combustible, reparación de camiones, recogida de residuos y mantenimiento. También atender obras y programas comunitarios. Recaudamos recursos propios, pero tampoco alcanzan para todas las solicitudes.

El alcalde tomó tres documentos.

—Tenemos varios camiones averiados, decenas de drenajes pendientes y varias canchas sin terminar. Los tres hacen falta. Pero no tenemos dinero suficiente para resolverlos al mismo tiempo.

—Pues arregle primero los camiones —dijo Mercedes.

—La cancha lleva meses esperando —replicó el entrenador—. Tengo muchachos practicando entre hoyos.

—Y frente a mi escuela los niños caminan por la calle porque no hay acera —intervino una vecina.

La discusión empezó a subir de tono. Cada quien tenía una razón urgente.

El alcalde los dejó hablar hasta que se hizo un breve silencio.

—Eso es lo que ocurre aquí todos los días —dijo—. Ninguna de esas necesidades es inventada.

Mercedes miró las dos fichas que quedaban sobre la mesa.

Por primera vez aquella mañana no encontró qué responder.

Al salir, pasó frente a un salón donde varios jóvenes aprendían a reparar equipos. En otro, una profesora recogía los dibujos de sus alumnos. Más allá, una muchacha recibía orientación para calcular los costos de los dulces que quería vender.

Mercedes se detuvo.

—¿Y todo esto también es de la alcaldía?

Una empleada asintió.

—Tratamos de mantenerlo funcionando. El taller de emprendimiento tiene materiales prestados. La profesora de arte trae algunos de su casa.

Aquella tarde, al regresar al barrio, Mercedes encontró a don Ramón sentado frente al colmado.

—¿Te resolvieron?

—Todavía no.

—Te lo dije. Son todos iguales.

Mercedes estuvo a punto de darle la razón. Entonces recordó las solicitudes que había visto sobre la mesa.

—Hay que exigirles —dijo—. Pero también hay que mirar con qué están trabajando.

Ramón terminó el agua que bebía y lanzó la botella al contén.

Mercedes bajó la mirada.

—Recógela.

—¿Ahora tú trabajas en la alcaldía?

—No. Vivo en esta calle.

Ramón se rio, pero ella no se movió. Finalmente se levantó y recogió la botella.

Dos días después llovió. El agua arrastró fundas, vasos y ramas hasta la esquina. Los vecinos salieron alarmados. Uno comenzó a grabar un video.

—¡Miren el abandono! ¡Que venga el síndico!

Mercedes se acercó al filtrante. Una funda repleta de desperdicios cubría la entrada.

Reconoció el mantel rojo que sobresalía de ella. Lo había visto esa mañana frente a una casa de la misma calle.

Pidió un rastrillo. Otro vecino buscó guantes. Entre varios retiraron la basura, aunque el agua bajó lentamente: el drenaje también necesitaba limpieza por dentro.

—Esto le toca al ayuntamiento —dijo el hombre del teléfono.

—Sí —contestó Mercedes—. Y esa funda le tocaba guardarla a quien la sacó antes de tiempo. Grabe las dos cosas.

El sábado convocaron una reunión.

Invitaron al encargado de limpieza, quien llegó con una libreta y tuvo que escuchar una larga lista de quejas. Hubo días sin recogida, horarios incumplidos y una esquina que siempre quedaba sucia.

El funcionario reconoció las fallas y explicó cuáles rutas estaban afectadas por el camión averiado.

—Necesitamos fechas —le pidió Mercedes—. Lo que no puedan hacer, díganlo. Lo que prometan, cúmplanlo.

Después habló con sus vecinos.

—Y nosotros vamos a sacar la basura en el horario acordado. Las botellas, aparte. Los escombros no van al filtrante. No podemos gastar lo poco que hay recogiendo una y otra vez lo que tiramos por gusto.

De aquella reunión salió una hoja con nombres, tareas y fechas. También acordaron solicitar una explicación pública de los ingresos y gastos municipales, y respaldar una petición para que los municipios recibieran los recursos que les correspondían.

Un mes después, Mercedes regresó a la alcaldía.

El parque seguía esperando algunas luces. El camión había vuelto a trabajar. Los filtrantes estaban limpios y el torneo se había organizado con aportes de la comunidad y apoyo municipal.

Llevaba otra hoja.

—Aquí están las cosas que faltan —dijo al alcalde.

Él la recibió y le ofreció una silla.

—Pensé que venía más conforme.

—Vengo mejor enterada.

Mercedes se sentó frente al escritorio.

—Ya entendí que no puede resolverlo todo con dos fichas. Por eso vamos a reclamar las que faltan. Pero estas dos también queremos saber cómo se gastan.

El alcalde llamó a la encargada de presupuesto.

Esta vez, cuando abrieron las cuentas, Mercedes acercó su silla.

El autor es escritor y aspirante a senador por la provincia de Santo Domingo.

El macrotema queda abierto: reclamar lo que falta sin olvidar lo que a cada uno le toca cuidar.

Foto: Milton Olivo.

Fuente: artículo enviado por el autor a esta redacción.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición de este medio.